Tras el cansancio del fin de semana y con gran ansiedad, preparábamos el equipaje ya en vistas de una aventura a través de los lugares que testifican la fe y la historia de toda una nación y de toda una iglesia misionera. El domingo 27 de Julio partíamos del Seminario Mayor San José de Ciudad del Este a las 2:30 de la madrugada rumbo a la ciudad de Yaguaron, para visitar el famoso templo de San Buenaventura, fruto de la inagotable labor misionera de los Franciscanos llegados a la entonces Provincia del Paraguay, construido en 1786 y modificado varias veces en ocasiones posteriores. Admiración y fervor envolvían nuestros ojos tras el impactante destello de colores que hacían del barroco, propio de la edificación cultual del lugar un verdadero encanto agradable a nuestra percepción no tan acostumbrada a la esteticidad sacra. Tallados en madera desde el suelo hasta el techo formaban el retablo del altar mayor, cubiertos de pintura policromada y resaltando el dorado propio del estilo artístico.. Nosotros, en parte atónitos ante tal belleza, no pudimos dejar de ver el amor que ponían los nativos guaraníes de la época, quienes movidos por la fe inculcada por los hijos del frailecillo de Asís, supieron plasmar la devoción en las imágenes sagradas, en los altares, en los confesionarios y en todo el techo. Hacían del arte un verdadero culto a Dios con lo mejor que podían ofrecer en la época, valiéndose de las mismas plantas para dar vida a esas formas congeniadas con la audacia indígena.
Tras la visita del templo, emprendimos trayecto al cerro Sto. Tomás, que según la creencia popular del pueblo guaraní había sido visitado por el apóstol misionero de las Indias y había sido el primero en traer el mensaje cristiano al Nuevo Mundo. Camino al cerro, tuvimos un “pequeño” inconveniente que marcó la pauta humorística del viaje (¡CONTRAMANO!), y superado el altercado con un chofer temperamental llegamos al pie del cerro testigo de las huellas del santo apóstol de la fe.
Empinado y con una cubierta de rocas areniscas, subimos a duras penas pero con mucha euforia el “cerrito” que contenía a lo largo de su sendero ascendente estaciones del Via Crucis, rezado acostumbradamente en los días santos por el pueblo. En todo veíamos el testimonio de la fe católica de los paraguayos y ya en la cima divisamos un pequeño oratorio con varias cruces de tamaño no poco inferior a los 3 metros de altura. Ya en la cumbre y a la luz del alba matinal del domingo, rezamos las Laudes y tras finalizar el oficio capturamos algunas fotografías de la vista preciosa del pueblito de Yaguaron.
Finalizado el descenso del cerro nos dirigimos a la Ciudad de Lambaré, a fin de visitar a la familia de Paulino Duarte, seminarista diocesano que acompañó parte del viaje; conocimos a sus padres, hermanos y tíos, y luego subimos (en auto) al Cerro Lambaré, símbolo del encuentro entre las razas española y guaraní. Estando ya en la cima contemplábamos toda la ciudad capitalina y la ciudad de Lambaré, además del monumento del cacique que recibió al fundador de Asunción y que lastimosamente fue dañado por algunos vándalos que le arrancaron de las manos una imagen de la Virgen. En fin, de vuelta a la casa de Paulino, tuvimos un delicioso almuerzo preparado por Don Duarte y señora, para luego disfrutar de una “siestita solemne”, como acostumbramos denominarla, y así poder reparar fuerzas.
A la despedida de Lambaré y dejando a Paulino con su familia, nos adentramos al tráfico bullicioso de la Ciudad de Asunción y ya al ocaso llegamos al convento San Pío de Pietrelcina, custodiado por los Hermanos Franciscanos Capuchinos, quienes nos recibieron calurosamente. Fray Tomás, OFM Cap., nos condujo hasta la Iglesia Niño Salvador del Mundo para alojarnos en la casa parroquial. Participamos en la Santa Misa celebrada por el Pe. Mariosvaldo, OFM Cap., y luego rezamos las vísperas solemnes presididas con la comunidad parroquial.
En la mañana del lunes 28, nos dirigimos a Luque; a la casa de Diego Carmona, amigo de la Comunidad, que nos esperaba con un rico desayuno y con el breviario en las manos para acompañarnos en el rezo de Laudes. Tras el cafecito y el mbejú, partimos al centro de Asunción, en donde visitamos el museo de arte sacro Mons. Sinforiano Bogarín donde contemplamos bellos retablos, vestimentas clericales, ornamentos, vasos sagrados, turíbulos, ostensorios… todo finamente enriquecido en bronce, oro y plata. Al mismo tiempo nos lamentábamos por el desuso de dichas “reliquias”, tras la crisis post-conciliar, pues hubiera sido mejor que estén en una iglesia y no en un museo.
Tras salir del museo, participamos en misa en la Catedral Metropolitana de Asunción y luego miramos la amplia estructura neo-clásica colonial y sus respectivos altares laterales, además del majestuoso retablo que se levantaba sobre el altar mayor. Y tras el recorrido por el interior del templo, fuimos a pie por los puntos principales de la ciudad: el Ex Cabildo, el Palacio de López, hasta llegar al museo de la Manzana de la Rivera donde un guía nos explicó todo con detallada diligencia a cerca de la cultura paraguaya.
Terminada la visita en la Manzana, fuimos a la Casa de la Independencia, lugar en donde se gestó la libertad de los hijos de la patria, que lucharon por salir de debajo del yugo de la corona española. Un poco de espíritu revolucionario, pero en fin, no deja de hacer parte de nuestra historia. También aquí veíamos bellos vestigios de la fe católica colonial contenidas en algunas imágenes y nichos rescatados de templos, por decirlo, víctimas de la pseudo y mal entendida “renovación” litúrgica. Caminamos sobre el mismo suelo sobre el cual se gestó la República y también nos sorprendimos al saber que el famoso retrato del billete de 10.000gs es una iconografía errónea(insólito, ¿no?); también por muchas cosas más.
Ya con las piernas sobrecargadas y el estómago en sollozos, dimos un “stop” al paseo para darnos un/a merecido “almuerienda”, unas pizzas y unos helados de un fast-food de la Calle Palma. Y tras salir del refrigerio, visitamos el Oratorio Nacional “Ntra. Señora de la Asunción” o conocido comúnmente por el vulgo capitalino como Panteón Nacional de los Héroes, en donde reposan los restos de los personajes más resaltantes de la historia paraguaya. Tras finalizar la admiración del idílico monumento de rasgos clásicos con el toque italiano del maestro Ravizza que trajo en el Siglo XIX un gran avance arquitectónico a las edificaciones de la capital, partimos a un lugar infaltable en nuestro itinerario.
Apuntaba el reloj para las 6 de la tarde cuando llegamos a la Pquia. Cristo Rey en donde se encuentra el corazón incorrupto del primer santo paraguayo: el misionero jesuita San Roque González de Santa Cruz; cuyo celo apostólico fue coronado con la palma del martirio. En el momento no supe cómo expresar mi alegría al poder estar tan cerca de un santo. Hago mía la expresión de Javier que decía: “acabo de salir de un retiro” y ciertamente lo fue. No sólo por ver su corazón y una lista de más de 15 jesuitas mártires durante la campaña de las reducciones indígenas, sino también por estar en presencia del Pe. Marino León, SJ, de 86 años, que con su amabilidad y hospitalidad nos contó con detalle las hazañas misioneras de nuestro santo. Realmente, salimos edificados de esta visita.
Pasaron las horas con prontitud ese lunes y el día llegaba a su fin; y nosotros nos dirigíamos a Piribebuy, ciudad heroica, en donde Paulina Ortigoza (hermana de Antonio) nos esperaba con Ña Teresa (mamá de Antonio) y toda la familia con una gran cena y mucha amenidad para compartir las experiencias vividas hasta entonces.
Terminada la cena, fuimos a la casa de infancia de Antonio en donde pasamos la noche tras un largo día de recorridos. A la mañana del 29 de junio, luego del mate y del desayuno, partimos al Santuario Ñandejara Guazu que se nos dio a conocer por otra hermana de Antonio. Una iglesia testigo de la Guerra Grande ya que en su plaza central fueron masacrados más 900 paraguayos por las tropas aliadas en 1869.
Saliendo del ámbito histórico subimos al campanario para observar la ciudad y nuestro amigo Jorge no dejaba en paz a sus oídos con los auriculares puestos para escuchar el juego de la Albirroja que en ese momento enfrentaba a los “Samurai” en la Copa del Mundo. Grande fue la tortura infligida por el Moderador que no quiso dejar el viaje por el partido de fútbol para así poder llegar a tiempo a la Ciudad de Ybycuí, en donde nos esperaba Don Fermín Cardozo y familia para brindarnos un gran almuerzo. Una vez más, el superior tiene razón incluso cuando no la tiene, tal como decía nuestro querido Rector del Seminario.
Al llegar a la ciudad de Ybycuí divisamos un majestuoso templo románico bajo la advocación de San José que invadía el azul del cielo de esa mañana con el color rojizo de sus paredes y torre. Visitamos al Pe. Roberto Zacarías, cura párroco del lugar, y luego llegamos justo al momento de los penales a la casa de Don Fermín y pudimos festejar la histórica clasificación de Paraguay a los cuartos de final; así que el almuerzo lo degustamos doblemente. Terminado el almuerzo, salimos en búsqueda de la famosa Fundición de Hierro “La Rosada”, a 28 km. de Ybycuí, que fue destruida en la Guerra contra la Triple Alianza. Por el camino nos detuvimos en el Parque Nacional Bernardino Caballero, en donde visitamos la casa solariega del Gral. Bernardino Caballero “Centauro de Ybycuí” que contaba con un amplio terreno limitado por un gran esteral que dejaba mucho más linda la tarde en la campiña paraguaya.
Llegados luego a “La Rosada” observamos la fuerte estructura de piedra en donde surgió la industria siderúrgica de Sudamérica. Nos admiramos al notar el ingenio de la antigua fábrica, además de refrescarnos en el cristalino arroyo que cruzaba la Fábrica y tras prestar atención a todos los detalles del museo anejo, visitamos el Salto Mina que no dejó de provocar el asombro ante su belleza natural, maravilla de la creación.
Volvimos a la ciudad al anochecer y participamos en la Santa Misa en el Colegio atendido por las Hermanas Terciarias Franciscanas que fue celebrada por el Pe. Roberto Zacarías, quien tras finalizar la misa nos mostró el Templo de San José donde se guardan los restos del Pbro. Julio Duarte Ortellado, quien murió en olor de santidad y de quien esperan los paraguayos que algún día suba al honor de los altares.
Finalizando el día martes, partimos a Villarrica, pasando por la ciudad de la infancia de nuestro Moderador, La Colmena. Llegamos a la capital guaireña alrededor de las 22hs donde nos recibió la Sra. Ana Liz Resquín con su marido y no bien instalados fuimos a cenar porque los misioneros también merecen su salario.
Agotados después de la cena, nos aseamos y luego descansamos para partir ya de mañana de vuelta nuevamente a Ciudad, en donde culminó nuestro Tour por el País el día 30 al medio día.
Fue una experiencia increíble; dejamos huellas de la Comunidad en todas las personas que conocimos en éste viaje que pudo ser posible solamente con la ayuda de nuestros benefactores por quienes siempre rezamos para que Nuestro Señor y Su Madre, La gran Mariscala de nuestra tierra guaraní, no dejen de bendecirlos por la generosidad que nos conceden al confiarnos sus aportes para poder formar nuestro intelecto y nuestro espíritu en favor de la santa religión, de la Santa Iglesia Católica, por la cual militamos, y de la Comunidad Misionera de Jesús, sin nunca olvidar que estamos DISPONIBLES SIEMPRE Y EN TODO para gloria de Dios y salvación de las almas.
Éstas crónicas fueron escritas por el misionero que fue testigo de ésta aventura de la fe,
Richard Quiroga, CMJ.



Comentarios
Es importante conocer los que Paraguay tiene de hermosos que son muchísimas cosas y aún queda muchas cosas que nos ofrece nuestro Querido ``PARAGUAY´´
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